
LUZ DEL ALBA
Hace ya tres días que se repite el ritual. Cuando apenas el sol comienza a entibiar el estrechito valle berciano donde me encuentro, una garza real sale de la umbría del bosque empapado de lluvia nocturna y se posa en la misma rama del aliso que extiende su copa sobre el curso del río truchero que sonoro y manso a la vez, deleita con su frescor.
Un poco más tarde y de uno en uno, van apareciendo enormes grajos que, en un aparente orden consensuado, se aferran a una rama del único álamo seco que hay cerca.
Me sorprende el contraste de su negrura que brilla tornasolada, con el blanco de la madera seca y allí se quedan un ratito, junto el manzano cargado de frutos ya casi maduros que pintan entre el rojo y el verde. De pronto me llega sin remedio, la intemporalidad de un "dejá vu"...
Manzanas verdes;
no detiene su paso
el peregrino.
Obedeciendo a una razón que desconozco o simplemente porque las cosas pasan así, sin más, la garza echa a volar, volviendo al bosque del que salió y los grajos se desparraman cada uno por un lado lanzando sobre el valle sus potentes graznidos.
¡Echa a volar!
la lluvia de las hojas
gotea en el río.
Fdo.: Kotori